Un armiño.

por Elsa Padrón Serrano

Camino entre la gente con cuerpos largos e imponentes, camino rápido entre estas calles infinitas y abarrotadas, tengo que llegar. Estoy sola.

Están riñendo, se ríen. Una piedra vuela hacia allá, otra piedra golpea su pequeña y lozana cabeza. La gente grande sigue su camino. No es importante, sólo son criaturas jugando. Le pregunto a éste qué pasa, me mira riendo, con ojos lagrimeantes. No pasa nada, sólo juegan.

Seguimos a un adulto con ropas ostentosas, ropas que nunca vimos antes. No hablamos, nos asusta. Llegó de pronto, pidió atención, pidió que lo siguieramos porque así ordenó al Rey. Somos niños, pero entendemos que la orden del Rey debe cumplirse. Caminamos ahora por el campo, caminamos porque somos muchos y no hay carroza que nos lleve a todos.

El Rey sonríe desde su altísimo trono, nos saluda con palabras generales, impersonales. Nosotros callamos, le miramos confundidos. Nos mira con detenimiento, por un momento. Seguimos en silencio. Llama a uno de los miembros de su corte, le dice algo al oído. El joven despide a la mayoría de los otros, sólo quedamos tres. Soy la única mujer.

Hace frío, todo es blanco a nuestro alrededor. Buscamos un armiño, eso nos encomendó el Rey. No entendemos, pero debemos buscarlo porque el Rey lo pide. No sé buscar. Debemos buscar solos. Tarareo esa melodía que escuché en alguna parte. Es una melodía muy dulce, no recuerdo en dónde la escuché. Me gusta mucho. Me gusta esto.

Lo veo acercarse, pareciera que escucha mi canción. Está a mi lado, no he tenido que llamarlo. Lo he encontrado, él me encontró. Lo tomo entre mis brazos, es muy suave, es muy blanco. Me siento al pie de un eucalipto mientras acaricio al armiño que he encontrado.