Por la tarde.

por Elsa Padrón Serrano

Qué difícil distinguir entre el sueño que se está soñando y la realidad, asimilada y firme. Si es terror, es el mismo; torturas a tu mente en cualquier escenario. Si es belleza, embriaga aún sin consumirla y engaña. Se aturde a los sentidos dormidos (previamente aturdidos). Doble estado de pasividad.

Cuando se despierta es lo más aterrador de todo. Ni terror ni belleza, sólo realidad; realidad sin todos los beneficios o perjuicios del estado anterior. Sólo vacío e incertidumbre. A veces deseo que incluso la pesadilla sea algo más real.

He llegado, pero desconozco la razón de mi llegada. Yo no tenía motivos para venir. No tengo memoria de haber siquiera considerado el destino al que he llegado.

Aparecí en un lugar sin un sentido;  estoy en este lugar sin saber porqué, pero sin deseos de irme tampoco. Aunque podría. He aceptado mi existencia en este ambiente tan obedientemente que no puedo concebir la idea de una huida. Aquí existo porque así debe ser.

Entonces él baja corriendo las escaleras del lúgubre lugar, ese niño con un rostro confundido, una mueca entre alegría y pánico. Te observa detenidamente en un instante que apenas llegas a descubrir como tal. Y tú lo ves, y tú no sabes qué pensamientos habitan su mente de infante, pero sabes que sus ideas no son lo que tú estás pensando, sabes que tu estupidez es tal que piensas que tal vez escudriñando sus facciones puedas descubrir algo. La niña eres tú.

Subes al oscuro lugar. Totalmente sumergido en la muerte, inundado de falta de luz. Y no te sientes perdida, pero conforme te internas en el imposible lugar el miedo se apodera de tu mente y de tu cuerpo, no sabes en qué orden, a decir verdad, no te importa. Entonces no recuerdas cómo sucedió, pero ella sale de algún lugar, iluminada por luz propia, como encontrada en mal momento, avergonzada; y te mira, y te ama cuando te ve. Y el miedo que sentías desaparece en ese breve suceso que dura tan sólo un momento y te regresa a una ceguera ahora además dolorosa.

 

Pero fuiste amada ¿mejor o no? Entonces se abre aquella puerta al fondo y la luz que proviene de adentro te adormece, te ilumina tanto y tan intensamente que no puedes pensar. Cuando te has acostumbrado a ella, cuando las ideas vuelven a ti, te preguntas qué hay dentro. Echas una rápida mirada al interior, otra y otra, y cada vez la luz se torna opaca; y te decides entrar, pero sólo para apagar el interruptor y salir tan a prisa como entraste. Una entrada incompleta de cualquier modo.

¿Y las criaturas? ¿Y tu razón? Recorres al volver un pasillo que no parecía tan largo al ir, en la oscuridad no sabes si es el mismo, pero te fías de tus instintos que te dicen que ya todo está mal; que no te preocupes por perderte. Doblas lo que crees una esquina y llegas a esas escaleras ya transitadas, cuando estás por bajar feliz de encontrarlas, otro él se acerca a ti, sale de un hueco en la pared que antes no estaba, y que tampoco puedes ver por la oscuridad. Él tiene ojos de muerte, mirada exaltada y perdida; su aspecto febril, enloquecido por lo que allí había y su sonrisa asesina, su sonrisa tan pura corrompida por algo más que no sabes. Y te da terror y sientes lástima y la mezcla de ambos resulta en una tímida sonrisa de compasión. Y sigues tu camino, con aquel ser lastimero por detrás.

Y el aire enrarecido que no necesitas respirar, y esa atmósfera de enfermedad que ves sin asimilar ¿Por qué insistes en estar ahí? pudiste haber huido antes de entrar. Suceden cosas extrañas que ahora mismo has olvidado, tal vez no estabas presente cuando sucedieron o tal vez no quisiste estar presente aun cuando estabas en medio de todo, cuando todo ocurría en torno a ti, cuando tú generabas ese mundo. 

Despiertas del sueño en el sueño , que por supuesto aún no reconoces; revives del letargo que no notaste y entonces estás volando, como lo has hecho antes, levantada por manos invisibles; y no pareces entenderlo todavía, y la confusión se lleva el miedo natural hasta que caes en cuenta de lo que está sucediendo. Entonces recuerdas que cuando estabas arriba, cuando los niños estaban contigo, parecían ver algo imposible, y no sabían si temerle. Estás casi convencida de que era eso una mujer inexistente e incluso creíste ver su sombra y temerle tú también. Pero nuevamente tu supuesta madurez te obligo a mantenerte fría y racional, incrédula y falsa.

De pronto sabes que las manos invisibles le pertenecen a esa mujer sin rostro, a la mujer sin cuerpo, y entonces no puedes más que decir rezos que no tienen ningún sentido para ti desde hace tanto, palabras que ni siquiera llevan el orden acordado por tantos. Y no sabes si tus balbuceos tienen efecto ni sabes qué efecto quieres que tengan. Y caes, y corres entre la niebla, llegas a otra puerta y sales.

No olvides al hombre que te encuentras al salir, ese que es casi un maniquí. Sales a la noche, y ves coches, y ves árboles, y ves personas. Y sientes todo el peso irse. No olvides tampoco como tu celular se ha roto en algún momento, no olvides que ahora no tienes cómo llamar a alguien que te recuerde que aún existes. Y no la olvides a ella, que estuvo observando como complacida con esa sonrisa de goce casi inhumana. Ella que sale en cuanto la necesitas; ella que se veía como la única que entendía. Y no conoces el lugar en que has salido, pero sabes en dónde estás.

Se acabó. Todos llegan. El maniquí es maniquí. Ella vuelve con la misma complacencia. Ellos salen y no parecen temer. Y otra ella te entrega unas hojas y debes aprenderlas y debes…

¿En dónde estoy?

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